Muchos estarán totalmente de acuerdo si aseguramos que la niñez es la etapa en que somos más felices: la inocencia propia de la edad, los juegos, los cuidados maternales, el levantarse cada día con esas ansias de conocer y el “por qué” propio de los pequeño, y esa maravillosa cualidad que después abandonamos para nunca retomarla, de disfrutar el día que vivimos sin pensar en mañana.
¿Qué sucede hoy con la manera en que se enfrenta la educación de los niños?
Empezemos por las celebraciones de cumpleaños, donde difícilmente escucharemos canciones infantiles, sino reguetton, pequeñas bailando al mejor estilo de los video-clips, y muchas veces acompañadas de atuendos no adecuados sin embargo muy aplaudidos por los adultos. A esto sumémosle lenguaje de adultos y “¡qué lindo el niño!” o “¡como sabe la niña!”.
Se ha vuelto algo normal encontrar en las redes videos de fiestas como la que tratamos.
A este paso en poco tiempo andaremos en busca de la inocencia perdida. Si amamos tanto a nuestros hijos, ¿por qué quitarles lo mejor de sus cortos años? Quemar etapas no es un buen camino; dejémosle que sean niños, sanos, tranquilos y felices, con sus juegos, y que entonen “a la rueda rueda de pan y canela…”.
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