Cuentan que una vez, un campesino trabajando su tierra se encontró una estatua de gran valor, y decidió venderla. Un coleccionista que amaba todas las cosas bellas se la compró a un precio muy elevado.
El campesino pensó: “¿Cuánta vida representa este dinero? ¿Cómo puede alguien dar tanto por una piedra fría, ignorada por un millar de años en el seno de la tierra?”.
Mientras, el coleccionista pensaba: “¡Qué belleza! ¡Qué sueño de alma grande! ¿Cómo puede alguien cambiarla por dinero muerto y sin sueños?”.
Esto nos trae de vuelta al dinero. No se trata de restarle importancia, y no tiene nada de malo aspirar a tener un poco de él. Es el lugar que le otorgamos. Alguien dejó escrito que el dinero es un buen siervo, pero un mal amo.
Y en este caso lo reprochable es que está sucediendo bastante, en los últimos tiempos, vivir en un mundo de oropel, donde se escoge a los amigos, a la pareja y las relaciones sociales de acuerdo a su nivel económico. En el fondo son solo socios mercantiles que escapan al primer vientecillo huracanado.
Por increíble que pueda parecer, no es el dichoso papel moneda quien da prestancia, elegancia y carácter; no compra amigos, mucho menos, amores.
No hace hombre a quien no lo es.
No le regala inteligencia a quien no la tiene. No es una garantía de felicidad. Muchos, después de conseguir el tan deseado nivel de vida, terminan sintiéndose solos y ni siquiera entienden por qué.
Sin embargo, aun en el avanzado siglo XXI vive gente que aspira a ser querida por lo que es y no por lo que pueda poseer.
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